—Les gens ont des étoiles qui ne sont pas les mêmes. Pour les uns, qui voyagent, les étoiles sont des guides. Pour d’autres elles ne sont rien que de petites lumières. Pour d’autres, qui sont savants, elles sont des problèmes. Pour mon businessman elles étaient de l’or. Mais toutes ces étoiles-là se taisent. Toi, tu auras des étoiles comme personne n’en a...Antoine de Saint-Exupéry, Le Petit Prince, Éditions Gallimard Jeunesse, 2007, p. 109.
     —Que veux-tu dire ?
     —Quand tu regarderas le ciel, la nuit, puisque j’habiterai dans l’une d’elles, puisque je rirai dans l’une d’elles, alors ce sera pour toi comme si riaient toutes les étoiles. Tu auras, toi, des étoiles qui savent rire !
     Et il rit encore.
     —Et quand tu seras consolé (on se console toujours) tu seras content de m’avoir connu. Tu seras toujours mon ami. Tu auras envi de rire avec moi. Et tu ouvriras parfois ta fenêtre, comme ça, pour le plaisir... Et tes amis seront bien étonnés de te voir rire en regardant le ciel. Alors tu leur diras : « Oui, les étoiles, ça me fait toujours rire ! » Et ils te croiront fou. Je t’aurai joué un bien vilain tour...
     Et il rit encore.
     —Ce sera comme si je t’avais donné, au lieu d’étoiles, des tas de petits grelots qui savent rire...
     Et il rit encore.
Tuesday, 25 May 2010
Tu auras des étoiles qui savent rire !
Tripas y cerebro
En 1891, sir Arthur Keith hizo una observación que pasó desapercibida. Este científico había notado que en los primates existía una relación inversa entre el tamaño del cerebro y el del estómago. Sorprendentemente, cuanto mayor es el estómago menor es el cerebro, o, dicho con otras palabras, un primate no puede permitirse tener a la vez un sistema digestivo grande y un cerebro grande. Éste es un hecho que requería con urgencia una explicación. Sin embargo, esta explicación se demoró más de un siglo hasta que, en 1995, Leslie Aiello y Peter Wheeler propusieron una hipótesis que tiene una gran importancia para los estudios sobre la evolución humana.Juan Luis Arsuaga e Ignacio Martínez, La especie elegida, Círculo de Lectores, Barcelona, 2009, pp. 194-196.
     Estos autores señalan que dado que el cerebro es uno de los órganos más costosos en el metabolismo de los individuos (la economía del cuerpo), un aumento de su volumen sólo sería posible a cambio de la reducción de otro órgano con similar consumo de energía. En relación con su peso, los órganos energéticamente más costosos del cuerpo humano son el corazón, los riñones, el cerebro y el conjunto formado por el tubo digestivo más el hígado; el cerebro representa el 16 % de la tasa metabólica basal del organismo (...), y el tubo digestivo un porcentaje próximo, el 15%. (...)
     Aiello y Wheeler concluyen que la expansión cerebral que se produjo en el Homo sólo fue posible con un acortamiento del tubo digestivo. La longitud de éste depende del tipo de alimento que tenga que procesar; en los herbívoros es siempre mayor que en los carnívoros porque la carne es un alimento de fácil asimilación. Los herbívoros, por el contrario, necesitan largos tubos digestivos para poder metabolizar los vegetales que consumen, especialmente si éstos son ricos en celulosa.
     (...) El tubo digestivo puede [reducirse] si a cambio se mejora la alimentación, en el sentido de que aumenta la proporción de nutrientes de alta calidad, es decir, de fácil asimilación y gran poder calorífico. ¿Cuáles son estos productos de alta calidad que no formaban parte de la dieta de los parántropos? La respuesta sólo puede ser las grasas y proteínas animales. Los primeros humanos habrían pasado a incorporar una proporción más alta que ningún otro primate de carne, a la que accederían primero como carroñeros y luego cada vez más como cazadores. (...)
     Por tanto, la expansión cerebral del Homo sólo puso ser posible a cambio de una variación en la dieta, que a su vez se traduce en la reducción del tamaño del tubo digestivo y, correlativamente, del aparato masticador. Aiello y Wheeler insisten en que eso no quiere decir que el cambio de dieta produjera automáticamente un aumento del tamaño del cerebro; sólo insisten en que era necesario que nos hiciéramos carnívoros para poder ser inteligentes (aunque esta es una pescadilla que se muerde la cola porque los alimentos de alta calidad requieren de mayores capacidades mentales para ser localizados).
Monday, 5 April 2010
El mecanismo de la lágrima

[...] Era tarde, quizá pasadas las 11. Lola había viajado a Barcelona y yo, solo en casa, veía al Inter, mi equipo, tumbado en el sofá con una cerveza en la mano. Sonó el teléfono y la conversación fue más o menos como sigue:Enric González, Historias de Nueva York, RBA, 8ª edición, 2010, págs. 139-141.
     —¿Enric González?
     —Sí.
     —Hola, te llamo de la SER. Creo que eras amigo de Ricardo Ortega, ¿no?
     —Sí.
     Y dije que sí sin reparar en el pasado verbal y sin ninguna alarma.
     —¿Sabrás que Ricardo acaba de morir en Haití?, queríamos grabarte unas palabras.
     Yo no sabía que Ricardo había muerto. No sabía nada, y dije otra vez que sí, que grabaran, que hicieran lo que quisieran. Y balbuceé cuatro cosas sin saber nada, sin pensar nada, sin sentir nada.
     Luego llamé a Isabel. Isabel lloraba. Hablamos. Yo seguía sin sentir nada y sin entender nada.
     Alguien del periódico telefoneó para pedirme unas líneas. Lo mismo que con Julio Anguita. Una líneas. Escribí como se escribe la esquela de un amigo, mal, deprisa y sin ganas, porque no hay nada que decir. Nació en tal sitio, hizo tal cosa y tal otra, fue un buen periodista y un hombre integro. Imaginé a la persona que un día, quizá, tendría que escribir unas pocas líneas después de mi muerte (los periodistas difuntos tenemos derecho a unas líneas fúnebres porque somos o fuimos empleados de la casa, igual que los camareros tienen derecho a servirse una cervecita gratis) y sentí pena por esa persona. Con un poco de suerte, esa persona no me conocerá apenas y el texto será escueto, correcto, digno. Pasé horas mirando por la ventana. Las tejas y las cúpulas en penumbra. No pude llorar, como no pude, y no puedo, por la muerte de mi hija. Sí lloré cuando murió Enough, mi gata. Debo de tener averiado el mecanismo de la lágrima.
     Miré por la ventana e imaginé de mil maneras la muerte de Ricardo. Le recordé a él y recordé la última vez que nos vimos, en un restaurante de Washington llamado Olives donde Ricardo pidió una ensalada que apenas probó y donde hablamos de Julio, de los amigos, del futuro. Yo me iba a Roma, él sólo sabía que su corresponsalía estaba a punto de terminar y que los jefes de Madrid no mostraban demasiado aprecio por su trabajo. Recordé Nueva York como si estuviera allí, como si estuviera acodado en la ventana del comedor, contemplando la lejana flecha iluminada del Chrysler y oyendo el zumbido de la ciudad. Como si fuera antes y no hubiera pasado nada.
Monday, 14 September 2009
Monday, 20 July 2009
Fuegos
Hace un año, en una medianoche como la pasada (como la pasada en el sentido de que con ella culminaban las fiestas del Carmen de Puente de Vallecas, cf. ¡Qué bien se está en la nevera!, del 21 de julio de 2008), Chris, Oana y yo hervíamos salchichas en la sauna que era la cocina (o "la sauna que era lo que es la cocina"... para gustos) y nos reíamos entre bocado y bocado de patatas fritas y de ortoedro irregular de queso manchego, de vuelta de nuestra pequeña excursión a Vallecas. Horas antes, dejábamos a Mădălina en la Puerta del Sol y nos embarcábamos rumbo al Parque del Cerro del Tío Pío, donde un arsenal de fuegos artificiales estaba preparado para ser lanzado, pero cuya razón de ser nunca se nos ocurrió preguntar. Así es que nos volvimos a casa antes de que empezara el espectáculo.
Como hace un año (menos un día), ahora sí poco antes de la medianoche, me encontraba sentado en la ladera noroeste de la colina más septentrional del parque, nuevamente bajo el vuelo errático del ocasional murciélago, otra vez con Madrid como escenario y rodeado de gente auténtica; feliz; en esta ocasión, para variar, en silencio, absorbiendo en la oscuridad las risas, las conversaciones amables y el movimiento incesante que se sucedían a mi alrededor. Del espectáculo de la noche, el primer acto fue la paz que sentí. El segundo, en ese ambiente de sosiego y alegría, la bonita estampa del Madrid iluminado, con Torrespaña como estructura más llamativa —¡enorme!— formando un conjunto imponente con las Cuatro Torres. El chupinazo, a continuación, terminó, unos minutos después de la medianoche, con la expectación de la gente y dio paso a los primeros fuegos de colores, casi al mismo tiempo que empezaban otros espectáculos de fuegos artificiales en otros dos puntos de la ciudad, uno al oeste, justamente en la mitad de la recta imaginaria que unía, vistas desde mi posición, la basílica de San Francisco el Grande y la Torre Urbis de Méndez Álvaro, y otro al sur, por el Ensanche o Palomeras (según le decía un padre a su hijo), o por Villaverde o más allá (diría yo, aunque de mala gana pondría la mano en el fuego si alguien viniera a rebatírmelo). Con tanta actividad, era difícil saber adónde mirar, y el cuello, que continuamente bailaba de arriba abajo y de derecha a izquierda como si de una película de deportes extremos proyectada en un Imax se tratara, pedía con urgencia un respiro. Dame un respiro, Jose—me decía—. Concéntrate en los fuegos que tienes encima y olvídate de las burbujitas de colores que se ven allá... y allá—decía mientras se movía en la dirección de las esferas de luz que acababan de surgir en ambos puntos del horizonte.
Todo terminó un cuarto de hora después con una densa humareda que, alejándose de Buenos Aires, se dirigía imparable hacia el norte de Madrid. Las vistas de la ciudad que tan solo unos minutos antes me habían maravillado se habían nublado y ya el único foco de atención eran las fiestas del sur, más longevas. Parece que aquellos tienen más dinero—decía uno—. Sí, pero los de la zona noble—en referencia a los fuegos del oeste, que no duraron más de cinco minutos— ya se terminaron hace tiempo. La tan común pugna entre el barrio rico y el barrio pobre a la que tan acostumbrados nos tienen en El intermedio de La Sexta—pensé. Después, otras dos humaredas más pequeñas ponían también rumbo al norte desde aquellos dos puntos cardinales y yo bajé colina abajo para volver a integrarme en la ciudad de la que por unos minutos fui privilegiado espectador.
Anotación final 1. En la línea 1 de metro iba durmiendo una mendiga, con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta, dejando bien a la vista su nariz sin tabique nasal y, por tanto, sin fosas nasales. En su lugar había un gran foso, con fondo oscuro brillante, como de coágulo de sangre, quizá simplemente la base de los sesos. Estas fueron mis impresiones después de un pequeño paseo por delante de ella hasta la puerta siguiente del vagón, con el único fin de mirarle directamente el interior de la nariz y dejar de conjeturar si el tabique le habría desaparecido del todo.
Anotación final 2. Acompañado por tan desagradable imagen, bajaba absorto las escaleras inalámbricas para hacer el trasbordo. Cuando adelantaba a dos chinitos vestidos con la misma camiseta de rayas de colores con base gris abandoné esa línea de pensamiento y, sorprendido, con ganas de mirar hacia atrás, pero sin hacerlo, me dije, Estos dos son gemelos. Ya en mi andén, los vi peleando en el andén de enfrente y pude ampliar la información sobre su vestimenta y constatar con cierta efusión que indudablemente eran gemelos: mismos pantalones vaqueros piratas y sandalias. No cabía duda.
Anotación final 3. Parados en Méndez Álvaro más tiempo del habitual, lleno el vagón de colombianos que venían de una fiesta colombiana, pensé, Me gusta el metro los domingos por la noche. Me gusta esta gente y me gusta su alegría. Entonces sonaron unos gritos en el otro extremo del andén y un chico, con una pierna dentro y otra fuera del vagón, nos relataba los acontecimientos: ahora se están dando cabezazos... ahora les están dando con la porra... Finalmente, en un ambiente festivo, el tren se puso en marcha y dejó la guerra en el andén. Un guarda jurado ensangrentado fue la última imagen que vi antes de entrar en la oscuridad del túnel.
Anotación final 4. Creía que la guerra había quedado en el andén de Méndez Álvaro, pero un amago de pelea en Arganzuela-Planetario, afortunadamente sin consecuencias (algún borracho demasiado borracho... ¡pobres los que tuvieron que compartir vagón con él!), me hizo caer en la cuenta de mi error de apreciación. Muchos colombianos con sombreros típicos pululaban por la estación. Supongo que la fiesta tuvo lugar en el parque de Tierno Galván.
Como hace un año (menos un día), ahora sí poco antes de la medianoche, me encontraba sentado en la ladera noroeste de la colina más septentrional del parque, nuevamente bajo el vuelo errático del ocasional murciélago, otra vez con Madrid como escenario y rodeado de gente auténtica; feliz; en esta ocasión, para variar, en silencio, absorbiendo en la oscuridad las risas, las conversaciones amables y el movimiento incesante que se sucedían a mi alrededor. Del espectáculo de la noche, el primer acto fue la paz que sentí. El segundo, en ese ambiente de sosiego y alegría, la bonita estampa del Madrid iluminado, con Torrespaña como estructura más llamativa —¡enorme!— formando un conjunto imponente con las Cuatro Torres. El chupinazo, a continuación, terminó, unos minutos después de la medianoche, con la expectación de la gente y dio paso a los primeros fuegos de colores, casi al mismo tiempo que empezaban otros espectáculos de fuegos artificiales en otros dos puntos de la ciudad, uno al oeste, justamente en la mitad de la recta imaginaria que unía, vistas desde mi posición, la basílica de San Francisco el Grande y la Torre Urbis de Méndez Álvaro, y otro al sur, por el Ensanche o Palomeras (según le decía un padre a su hijo), o por Villaverde o más allá (diría yo, aunque de mala gana pondría la mano en el fuego si alguien viniera a rebatírmelo). Con tanta actividad, era difícil saber adónde mirar, y el cuello, que continuamente bailaba de arriba abajo y de derecha a izquierda como si de una película de deportes extremos proyectada en un Imax se tratara, pedía con urgencia un respiro. Dame un respiro, Jose—me decía—. Concéntrate en los fuegos que tienes encima y olvídate de las burbujitas de colores que se ven allá... y allá—decía mientras se movía en la dirección de las esferas de luz que acababan de surgir en ambos puntos del horizonte.
Todo terminó un cuarto de hora después con una densa humareda que, alejándose de Buenos Aires, se dirigía imparable hacia el norte de Madrid. Las vistas de la ciudad que tan solo unos minutos antes me habían maravillado se habían nublado y ya el único foco de atención eran las fiestas del sur, más longevas. Parece que aquellos tienen más dinero—decía uno—. Sí, pero los de la zona noble—en referencia a los fuegos del oeste, que no duraron más de cinco minutos— ya se terminaron hace tiempo. La tan común pugna entre el barrio rico y el barrio pobre a la que tan acostumbrados nos tienen en El intermedio de La Sexta—pensé. Después, otras dos humaredas más pequeñas ponían también rumbo al norte desde aquellos dos puntos cardinales y yo bajé colina abajo para volver a integrarme en la ciudad de la que por unos minutos fui privilegiado espectador.
Anotación final 1. En la línea 1 de metro iba durmiendo una mendiga, con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta, dejando bien a la vista su nariz sin tabique nasal y, por tanto, sin fosas nasales. En su lugar había un gran foso, con fondo oscuro brillante, como de coágulo de sangre, quizá simplemente la base de los sesos. Estas fueron mis impresiones después de un pequeño paseo por delante de ella hasta la puerta siguiente del vagón, con el único fin de mirarle directamente el interior de la nariz y dejar de conjeturar si el tabique le habría desaparecido del todo.
Anotación final 2. Acompañado por tan desagradable imagen, bajaba absorto las escaleras inalámbricas para hacer el trasbordo. Cuando adelantaba a dos chinitos vestidos con la misma camiseta de rayas de colores con base gris abandoné esa línea de pensamiento y, sorprendido, con ganas de mirar hacia atrás, pero sin hacerlo, me dije, Estos dos son gemelos. Ya en mi andén, los vi peleando en el andén de enfrente y pude ampliar la información sobre su vestimenta y constatar con cierta efusión que indudablemente eran gemelos: mismos pantalones vaqueros piratas y sandalias. No cabía duda.
Anotación final 3. Parados en Méndez Álvaro más tiempo del habitual, lleno el vagón de colombianos que venían de una fiesta colombiana, pensé, Me gusta el metro los domingos por la noche. Me gusta esta gente y me gusta su alegría. Entonces sonaron unos gritos en el otro extremo del andén y un chico, con una pierna dentro y otra fuera del vagón, nos relataba los acontecimientos: ahora se están dando cabezazos... ahora les están dando con la porra... Finalmente, en un ambiente festivo, el tren se puso en marcha y dejó la guerra en el andén. Un guarda jurado ensangrentado fue la última imagen que vi antes de entrar en la oscuridad del túnel.
Anotación final 4. Creía que la guerra había quedado en el andén de Méndez Álvaro, pero un amago de pelea en Arganzuela-Planetario, afortunadamente sin consecuencias (algún borracho demasiado borracho... ¡pobres los que tuvieron que compartir vagón con él!), me hizo caer en la cuenta de mi error de apreciación. Muchos colombianos con sombreros típicos pululaban por la estación. Supongo que la fiesta tuvo lugar en el parque de Tierno Galván.
Monday, 23 March 2009
Cada día puede ser especial
Hacía tiempo que me preguntaba si Nerea era realmente negra. Helena me lo confirmó hace unas semanas, parece que su hermana sí había logrado verla, pero no ha sido hasta hoy que por fin la he visto, tanto en Youtube, antes de mandarle el enlace a Chris a través de SkypeTM, como en la tele de la cocina mientras cenaba. No sé a qué se ha debido este milagro. ¿¡Yo pendiente de la publicidad!?
De alguna manera, este vídeo me ha traído a la mente un diálogo de la película Piedras, de Ramón Salazar. En la escena aparece un niño sentado a la mesa de la cocina esperando por la comida que le está preparando su madre. La madre se gira con la sartén en la mano y le dice:
—Perdona, cariño, pero se me ha roto el huevo.
—¿Me perdonarás tú también si no apruebo todo?
—El chantaje emocional está muy feo.
—Que se te rompa el huevo también.
Es otra forma de ternura :)
De alguna manera, este vídeo me ha traído a la mente un diálogo de la película Piedras, de Ramón Salazar. En la escena aparece un niño sentado a la mesa de la cocina esperando por la comida que le está preparando su madre. La madre se gira con la sartén en la mano y le dice:
—Perdona, cariño, pero se me ha roto el huevo.
—¿Me perdonarás tú también si no apruebo todo?
—El chantaje emocional está muy feo.
—Que se te rompa el huevo también.
Es otra forma de ternura :)
Sunday, 22 March 2009
Todavía es tarde
   La fatiga de la caída lo despertó de súbito. No sin trabajo encontró el punto en que se hallaba de su existencia. Abrumado entonces por el peso de la realidad y de los años, y abatido hasta la extenuación ante el espectáculo general de su vida, comprendió que había tocado en efecto el fondo de la angustia, y, como si hubiera previsto por dónde comenzar la penitencia, y los alivios que le podría proporcionar, declaró solemne: "Mi vida está perdida. Desde hoy, seré el hombre más miserable de la tierra".Luis Landero, "Juegos de la edad tardía", Maxi, Tusquets Editores, 1ª ed., noviembre 2007, págs. 197-198.
   Reconfortado repentinamente por tan ambicioso proyecto de desesperación, y reafirmado en su intrépida decisión por ser Año Nuevo, esa misma mañana le dijo a Angelina que nunca más le preguntase nada, porque había hecho de por vida voto de silencio y pensaba cumplirlo hasta la muerte, llevándose a la tumba el secreto de su resolución. "Nunca más volveré a hablar, porque las palabras están todas malditas", dijo.
   —Y ¿se puede saber qué es eso de no hablar, de dónde te ha venido ahora esa chifladura? —preguntó ella.
   Pero Gregorio ya no contestó.
   Para no caer bajo la esclavitud del infortunio, se entregó a él con la ilusión de dominarlo, anticipándose a sus acometidas y yendo siempre un paso delante de las amenazas del destino. Aquello de empezar la casa por el tejado, la culpa por la penitencia, adueñándose así de su propio desánimo y exagerando sus efectos hasta vaciarlo de contenido real, como en los dramas que tantas veces había oído en la radio, pareció al principio un plan ciertamente efectivo, pues llegó un momento en que el entusiasmo que ponía en la defensa de su desdicha comenzó a depararle algunos instantes de felicidad. Se creía Prometeo, se creía Sansón, se creía él mismo perdido como en la adolescencia en un laberinto que no era de amor, pero que era terrible como entonces. Fueron tiempos aciagos.
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